TRES MUJERES EN LA CONSTRUCCIÓN DE LA REPÚBLICA

DOMINGA GUTIÉRREZ, FRANCISCA ZUBIAGA, FLORA TRISTÁN*

 

  

Sara Beatriz Guardia 

 

   Entre 1831 y 1834, tres mujeres coincidieron en la ciudad de Arequipa, fundada el 15 de agosto de 1540. Era la ciudad más españo­la del Virreinato, con magníficas iglesias y conventos, calles bien trazadas y acequias que permitían el descenso del agua de las lluvias. Antigua ciudad de aristocracia austera y firme, que construyó elegantes casas y palacios representativos del barroco arequipeño. Casas quietas con muebles estilo imperial, pintados de blanco o azul celeste con tonos dorados, y sillas coronadas de trofeos de armas.

 

No obstante, la conservadora ciudad de Arequipa se convirtió en baluarte de la independencia contra el dominio español, cuando José de San Martín proclamó la independencia el 28 de julio de 1821. En las primeras décadas, la construcción de la República enfrentó varios desafíos en razón que las elites criollas impusieron un tipo de sociedad y de mentalidad, no muy diferente a la del período virreinal. La ideología de marginación y exclusión de las mujeres persistió, y se convirtió en norma oficial en la primera Constitución Política del Perú (1826), donde se estipulaban los requisitos para ser ciudadanos: “Ser peruano, casado, o mayor de veinticinco años. Saber leer y escribir. Tener algún empleo o industria o profesar alguna ciencia o arte”. Es decir, en primer lugar ser hombre, letrado y con profesión. Las Constituciones de 1828, 1834 y 1839, son aún mucho más explícitas al establecer: “Son ciudadanos peruanos todos los hombres libres nacidos en el territorio de la República”.

 

Las contradicciones y limitaciones de esta exclusión se advierten en la vida de tres mujeres que coincidieron en el período de formación de la Nación. Tres mujeres que se enfrentaron a las limitaciones que les impuso el medio, y supieron forjar su propio destino, reunidas por primera vez en mi libro: Dominga, Francisca, Flora. Soy una fugitiva, una profana, una paria. No sé si por casualidad, o porque ellas así lo quisieron. Escuchemos sus voces, hoy Día Internacional de la Mujeres, más de doscientos años después. 

 

Las contradicciones y limitaciones de esta exclusión se advierten en la vida de tres mujeres que coincidieron en el período de formación de la Nación. Tres mujeres que se enfrentaron a las limitaciones que les impuso el medio, y supieron forjar su propio destino, reunidas por primera vez en mi libro: Dominga, Francisca, Flora. Soy una fugitiva, una profana, una paria. No sé si por casualidad, o porque ellas así lo quisieron. Escuchemos sus voces, hoy Día Internacional de la Mujeres, más de doscientos años después.

 

Dominga Gutiérrez. La monja que se fugó del convento 

 

Dominga Gutiérrez de Cossío nació en Arequipa en 1807, hija de don Reymundo Gutiérrez de Otero, caballero de la orden del Glorioso Apóstol Santiago y Teniente Coronel del Regimiento de Milicia, y de Doña María Magdalena de Cossío y Urbicaín. Se casaron, tal como consta en la partida de matrimonio registrada en la Parroquia del Sagrario, el 2 de mayo de 1791 en el oratorio público del Palacio Episcopal de San Juan Nepomuceno, y tuvieron seis hijos.

 

Tenía cinco años Dominga cuando murió su padre, probablemente la persona que más cerca tuvo. Bastaba que ella lo mirara con sus grades ojos negros para que don Reymundo se aproximara para acariciar la cabeza de la hija preferida, la más sensible e inteligente. Durante toda esa larga noche desde su dormitorio escuchó pasos apurados, puertas que se abrían y cerraban, voces quedas, y un murmullo que por momentos aumentaba. Caminó hacia la puerta y la entreabrió, pero pudo más el miedo y regresó a su cama corriendo. Seguramente al amanecer todo lo ocurrido esa noche habrá pasado, pensó, y como cada mañana Antonia entrará apurada, descorrerá las pesadas cortinas y buscará en el ropero los vestidos que su madre había dispuesto para ese día. Entonces entrarían al comedor de alacenas y hornacinas, donde su padre los recibía con su invariablemente sonrisa como si no dejara de sorprenderle que esa numerosa prole le pertenecía. Siempre a las 9 de la mañana que era la hora del desayuno. En cambio, su madre les dirigía un leve gesto de saludo con mirada impasible. Después iniciaban el rezo de cada mañana: “Te agradecemos Señor por el alimento que nos otorgas, manifestación de tu infinita gracia y misericordia”, y todos repetían al unísono, amen, con los ojos cerrados y las manos juntas.

 

Pero la mañana siguiente amaneció sin el esplendor del cielo de Arequipa, y solo al mediodía Dominga se enteró que su padre había muerto. Esa noche soñó que caminaba por un largo pasadizo donde un destello de luz asomaba por la puerta. Adentro, sobre una cama yacía el cuerpo de su padre inmóvil, pero después de un momento volvió el rostro hacia ella y sonrió. Esa sensación le permitió amenguar el impacto, y fue la primera vez de muchas otras que sus sueños la guiaron.

 

La hermosa casa señorial se cubrió de sombras y mantos negros en las ventanas, en los muebles y en los espejos en señal de duelo. Ahora quien mandaba era doña María Magdalena y así lo hizo saber de manera tajante a los hijos y a los criados. Para Dominga la muerte de su padre significó el comienzo de su infortunio. Tuvo que aprender a callar y soportar el desamor e indiferencia de su madre, a quien siempre quiso complacer sin lograrlo. Todo fue inútil, incluso en los momentos más difíciles que le tocó vivir.

 

Pero no solo el duelo cerró puertas y ventanas de la casa Gutiérrez de Cossío, la ciudad de Arequipa, al igual que otras ciudades del país, se encontraba inmersa en la lucha por la independencia, en cuyo fragor se forjaban héroes y heroínas. También poetas, como Mariano Melgar que en 1812 compuso la Oda a la Libertad:  

 

Oíd: cese el llanto;
    levantad esos rostros abatidos,
    indios que con espanto,
    esclavos oprimidos,
    del cielo y de la tierra sin consuelo
    cautivos habéis sido en vuestro suelo.

 

La noche del 2 de agosto de 1814, estalló en el Cusco un movimiento insurreccional liderado por José Angulo quien designó al cacique Mateo Pumacahua jefe de la Junta de Gobierno, conjuntamente con el coronel Domingo Luis Astete y el teniente coronel Juan Tomás Moscoso. Tiempos cambiantes y difíciles. Pumacahua, el traidor que luchó contra Túpac Amaru en favor de los españoles por cuya acción fue nombrado Brigadier de los Reales Ejércitos y Gobernador Intendente de la Audiencia del Cusco, ahora combatía por la independencia. Tras derrotar a las fuerzas realistas en noviembre de ese año Pumacahua ocupó Arequipa. Mariano Melgar que se encontraba entonces en Majes regresó para enrolarse en el ejército de los rebeldes, y partió con Pumacahua.

 

Siete meses después, el 11 de marzo de 1815, la insurrección fue derrotada, y al día siguiente, Mariano Melgar que apenas tenía veinticuatro años fue fusilado en Umachiri, a cuatro mil metros de altura, en un paraje de la altiplanicie solitario y frío. Era querido el poeta, joven culto que participaba en la Tertulia Literaria del Conciliar Seminario de San Jerónimo, y que emocionaba con sus versos a su amada María Santos Corrales a quien llama Silvia. Poemas plenos también de amor por la patria convertidos después en melancólicos yaravíes: Por Silvia amo a mi patria con esmero / y por mi patria amada a Silvia quiero.

 

No obstante, nada fue comparable con la conmoción que causó la noticia que San Martín había desembarcado en la bahía de Paracas el 7 de setiembre de 1820, procedente del puerto de Valparaíso y al frente de un ejército de cuatro mil hombres. Instaló su Cuartel General en el pueblo de Pisco, y allí permaneció durante 50 días, donde instituyó la primera bandera y el primer escudo de armas del Perú independiente. Dicen que cuando desembarcó en Paracas, las bandadas de aves con plumas rojas y blancas le inspiraron los colores de la bandera peruana.

 

La Expedición Libertadora avanzó hacia el norte, pasó por el Callao y Ancón. Mientras que el general Álvarez de Arenales derrotaba a las fuerzas realistas en Changuillo, y dos meses después en Cerro de Pasco. El 6 de noviembre, en una incursión audaz y valerosa, Lord Cochrane y sus hombres capturaron la fragata española “Esmeralda”, principal nave realista que se encontraba en el puerto del Callao, lo que constituyó una victoria política importante. El 12 de noviembre, San Martín desembarcó en el pueblo de Huaura a solo 149 kilómetros de Lima. En Trujillo, el Marqués de Torre Tagle, declaró la Independencia de la ciudad el 29 de diciembre, lo que influyó en todas las otras ciudades del norte.

 

Un largo camino, el desamor

 

Durante esos primeros días de enero de 1821, ocurrió la mayor desgracia en la vida de Dominga Gutiérrez. Cuando cumplió 13 años de edad, conoció a un médico español que muy pronto comunica su deseo de casarse con ella. Pero la madre pone una condición, esperar un año, lo que desata el drama. El novio la abandona por una viuda, rica, y dispuesta a casarse. Entonces, la vergüenza recae en Dominga, quien es rechazada por la madre por haber deshonrado a la familia, estableciendo que la única salida era ingresar al convento. Decisión que apoya el tío sacerdote el cura Mateo Joaquín Cossío, quien le asegura a Dominga que lo mejor para ella era el matrimonio con Dios, que nunca la engañaría. Así en 1821, a los 14 años, ingresó como novicia al Monasterio de Santa Teresa, de  la Orden de las Carmelitas Descalzas, uno de los más ricos de Arequipa.

 

Tenía habitaciones cómodas, rodeadas de patios de bella arquería y apacibles jardines con flores y árboles. Una pileta de traslúcido alabastro y muros pintados con cuadros de santos, telas magistralmente bordadas, instrumentos musicales, fina porcelana, paz y quietud. En la puerta del convento se podía leer: “Estas en la casa de Dios. Dichosos los que en ella moran”. La puerta de entrada al claustro de los oficios tenía, al igual que todas las demás puertas, aldabas, goznes de fierro y grandes llaves para abrir y cerrar. 

 

Condenada al silencio y a la soledad, el rostro de Dominga se fue apagado, y sus ojos revelaban lágrimas nocturnas que escondía para que nadie advirtiera su dolor. La severidad del convento la agotaba y temía conversar con las otras monjas, preguntarles qué sentían, cómo se habían acostumbrado al espacio reducido, a la monotonía de los días. Hasta que un día tomó la decisión y le dijo a la Madre Superiora que no quería profesar, que los tres años transcurridos como novicia habían sido suficientes y que no se consagraría a la vida conventual.

 

Sor María de la Asunción se rio. Que no se preocupe, dijo sin prestarle atención, eran las trampas del demonio que tenía que combatir. Más oración, más humildad - concluyó - y le dio su bendición antes de retirarse de la sala. Durante varios días Dominga rezó convencida que tenía razón, pero la desesperación continuó cada vez con mayor fuerza. Entonces esperó la visita de sus hermanos. No era fácil conversar con ellos en un pequeño cuarto donde recibían las visitas acompañadas de dos monjas que debían escuchar la conversación y transmitirla a la Priora. A pesar de lo cual, Dominga les dijo que no quería profesar. Asombrados, sus hermanos repusieron que se trataba de un estado de ánimo transitorio, que era mejor no alarmar a la madre, y se retiraron antes de finalizar la visita.

 

Estaba sola, y por alguna razón que no comprendía no la querían de regreso en su casa. Preferían que permaneciera en el convento sin más destino que los hábitos de monja. Antonia Pastor, la criada que la acompañaba en el convento, trató de consolarla sin éxito, hasta que nuevamente surgió la esperanza. Quedaba como último recurso recurrir a su confesor, precisamente eso era lo que recomendaba la Madre Superiora ante cualquier duda. El sacerdote la escuchó con atención, y suavemente le dijo que ese sentimiento desaparecería cuando profesara porque entonces el demonio no la molestaría más. Lo que no le dijo es que si no pedía la nulidad de los votos antes de profesar ese derecho prescribía para siempre. 

 

Después de diez años de soledad, Dominga Gutiérrez de 23 años, debilitada por los rigores de la clausura y dominada por la más profunda desesperación decidió fugarse del convento. Quizá, le dijo a Antonia Pastor, solo lo consiga con la muerte. ¿Y si la muerta no fuera yo?, agregó. Antonia tuvo un sobresalto y la miró consternada. Al cabo unos meses, con  ayuda de sus dos criadas, Antonia Pastor y María Arias, trasladaron de la morgue el cadáver de una mujer, la ingresaron al convento, la vistieron con su hábito de monja y le prendieron fuego. Después huyeron, era la noche del 6 de marzo de 1831. El cadáver carbonizado fue enterrado y llorado al día siguiente creyendo que se trataba de la monja. Poco después cuando se supo que Dominga se había fugado, estalló el escándalo.

 

El hecho conmovió a la población que creía que los conventos eran lugares de recogimiento donde las monjas vivían felices orando. ¿Qué otro sentimiento sino la desesperación podía haber impulsado a Dominga Gutiérrez para huir?. Y precisamente por ello, las autoridades eclesiásticas decidieron proceder con el mayor rigor, razón que esgrimió la madre para no recibirla en su casa, exclamando que  prefería verla muerta. El poderoso Obispo Goyeneche la conminó para que regrese al convento, y ante la renuencia de Dominga la confinó en la casa de sus tíos José Menault y doña Manuela de Cossío, y el 10 de marzo de 1831, tres días después de la fuga, inició un juicio de apostasía contra ella por rebelarse contra Dios.

 

Paralelamente, el poder judicial entabló competencia aduciendo jurisdicción civil, produciéndose en primer conflicto entre el poder civil y el eclesiástico en la naciente República del Perú. Un informe que la Segunda Sala de la Corte de Arequipa envió a la Corte Suprema, resulta ser el primero en que se solicita al Congreso que expida una ley que deslinde los límites de ambas facultades. Todo lo cual motivó la irritada reacción de las autoridades eclesiásticas, y una larga batalla legal. Finalmente, Dominga Gutiérrez fue absuelta en 1833, el mismo año que Flora Tristán llegó al Perú.

 

Ha llegado una francesa. Flora Tristán en Arequipa

 

Flora Tristán, una de las fundadoras del feminismo moderno y pionera de las reivindicaciones del movimiento obrero, nació en Paris el 7 de abril en 1803, hija del coronel Mariano Tristán y Moscoso, perteneciente a una de las más antiguas y ricas familias del Perú, y de la francesa Thérèse Laisnay. La pareja contrajo matrimonio religioso en Bilbao, pero como Mariano Tristán y Moscoso, en su calidad de coronel de los ejércitos y súbdito español, requería permiso del rey para casarse, no pudo regularizar la legitimidad de su unión porque en esos años la escuadra inglesa bloqueó el comercio español. Tampoco pudo seguir recibiendo los veinte mil francos que le enviaba su familia. En situación de pobreza y luego de muchas penalidades murió en 1808 cuando Flora tenía cinco años de edad. Sin documentos probatorios de la legitimidad de su matrimonio, Thérèse Laisnay se vio obligada a vivir en las afueras de París con sus dos hijos, Flora de cuatro años y un hermano de ocho meses que sucumbió a la pobreza y murió a los diez años.

 

Muy joven Flora ingresó a trabajar en un taller de litografía como obrera colorista, y poco después se casó con su empleador, el pintor y litógrafo André François Chazal. Ese año de 1821 nació su primer hijo, Alexander que murió a las 8 años. En 1824 nació su segundo hijo Ernest-Camile, y 1825 su hija Aline. Matrimonio desafortunado que terminó con la separación en medio de persecuciones, insultos y peleas. En marzo de 1825, Flora, con su hijo Ernest-Camille de un año y encinta de su hija Alina abandonó el domicilio conyugal.

 

Poco después en Burdeos conoció a Mariano Goyeneche, quien le habló de su familia que vivía en Arequipa. Se trataba de Pío Tristán y Moscoso hermano menor de su padre, hombre de prestigio y de fortuna, a quién Flora escribió inmediatamente. Cuatro meses después recibió una carta de respuesta de Pio Tristán, donde le decía amablemente que, efectivamente, cuando estuvo en Arequipa Simón Bolívar en 1825, le informó que su hermano Mariano tenía un hija.

 

Así, el 7 de abril de 1833, el día que cumplía 30 años, Flora Tristán partió en el barco Le Mexicain del puerto de Burdeos con destino a Arequipa dispuesta a recibir la herencia de su padre. Cinco meses de travesía, uno de los viajes más osados que ha realizado una mujer en esa época. El barco cruza el Océano Atlántico enfrentando tormentas de mar, vientos huracanados, remonta por el Cabo de Hornos para tomar el mar Pacífico, y llega en setiembre de ese año al Perú por el puerto de Islay.

 

Le faltaban todavía días a caballo cruzando el desierto por caminos estrechos desde el nivel del mar hasta casi los tres mil metros de altura. “El polvo blanco y espeso levantado por las patas de nuestra bestias aumentaba aún más mi sufrimiento. Necesitaba de todas las fuerzas de ánimo para mantenerme en la silla”, escribe.

 

Y, cuando ya no podía más, de pronto todos exclamaron contentos: “¡Vea la campiña tan verde! ¡Mire qué hermosa es Arequipa”. Era el 3 de setiembre de 1833, doce años después de la Independencia, en un período particularmente convulsionado del gobierno del general Agustín Gamarra, signado por intensas luchas políticas. Había viajado 155 días y finalmente estaba en la casa donde había nacido su padre. Durante los siete meses que permaneció en Arequipa recibió agasajos, invitaciones, todos tienen curiosidad de conocer a “la francesa” que se alojaba en casa de Pío Tristán y Moscoso. Ella observa las costumbres, admira el paisaje espléndido, conversa con las mujeres, asiste a las procesiones religiosas, las fiestas, los carnavales. Visita los conventos, le sorprenden los vestidos de las mujeres, las casas, saborea las comidas y los dulces.

 

Le gusta la ciudad de Arequipa al pie de las montañas, con sus casas blancas, y ”esa multitud de cúpulas resplandecientes al sol en medio de la variedad de los tonos verdes del valle y del gris de las montañas”. Paisaje dominado por el Misti, el volcán cuya “cima está casi por completo cubierta de nieve y esta nieve, más o menos densa, disminuye desde la salida hasta la puesta del sol”. También le agradaron las calles, “anchas, cortadas en ángulos rectos y regularmente pavimentadas”, “todas más o menos bien alumbradas, pues cada propietario está obligado, bajo pena de multa, a poner una linterna delante de su puerta”.

 

Coincidió en Arequipa con dos compatriotas suyos, M. Le Bris, que el 17 de octubre de 1821, abrió en Arequipa la primera firma comercial extranjera en sociedad con Juan Bautista Bertheaume, Casa Le Bris-Bertheaume; y con Eugène, comte de Sartiges, quien escribió un relato titulado “Voyage dans les Republiques de l’Amérique du Sud”, con el seudónimo de E. S. de Lavandais, publicado en 1851 en la “Revue des Deux Mondes”. En el siglo XIX Francia era considerada paradigma de libertad, y la Revolución Francesa llegó a ocupar un lugar central en el debate entre liberales y conservadores. Mientras que el Perú vivía los primeros años de la República, en Francia se desarrollaba el pensamiento y la utopía, Saint-Simon (1760-1825) y Charles Fourier (1772-1837).

 

Desde que Flora Tristán se enteró que una monja se había fugado del convento, mostró un gran interés, no solo en conocerla sino en visitar el Convento de Santa Teresa, donde advirtió que estaba prohibido pronunciar el nombre de Dominga Gutiérrez. Entonces decidió visitarla para expresarle su admiración por el valor y la perseverancia que había demostrado. Relata que vivía aislada, y que nadie se atrevía a visitarla. Cuando Flora Tristán, le dice que seguramente ahora será feliz, Dominga Gutiérrez responde: “¡Yo, libre!... ¿Y en qué país ha visto usted que una débil criatura sobre quien cae el peso de un atroz prejuicio sea libre? Aquí, en este salón, ataviada con este lindo vestido de seda rosa, Dominga es siempre la monja de Santa Teresa!”. “Dominga se levantó para respirar. Me pareció, por el movimiento que hizo, que su velo la ahogaba todavía... Quedé anonadada...”, escribe. 

 

Luego de algunos meses de estadía en Arequipa, Flora Tristán comprendió que había llegado a su fin el viaje, porque a pesar de las atenciones recibidas por su familia peruana, la ilusión de ser reconocida y recibir la herencia se desvaneció cuando Pío Tristán le comunico que sólo le otorgaría una modesta pensión anual y el dinero para retornar a Francia, pues carecía de documentos probatorios de la legitimidad de su nacimiento.

 

Pero en Arequipa, Flora Tristán ganó otra legitimidad al inaugurar una nueva forma de concebir a la mujer en su rol social y político, lo que se evidenció con la publicación de su libro, Peregrinaciones de una Paria, expresión de la visión personal, social y generacional de la escritora, y del país que visitó en un período marcado por la inestabilidad política y social. Pero también por el surgimiento de un discurso liberal contrapuesto a la hegemonía escolástica que concebía la educación solo para los hombres.

 

Francisca Zubiaga. La Mariscala

 

Francisca Zubiaga Bernales nació el 11 de septiembre de 1803 en el Cusco, hija del comerciante vasco, Antonio de Zubiaga, y de la cusqueña, Antonia Bernales. Desde niña, demostró una marcada predisposición a conseguir sus objetivos con tenacidad. En 1815, a los doce años, expresó tal voluntad de consagrarse a la vida religiosa, que sus padres terminaron por aceptar. Ingresó como novicia al Monasterio de Santa Teresa, hasta que cinco años después sus padres la retiraron del convento.

 

Mientras tanto, el General Agustín Gamarra, que se había unido el 24 de enero de 1821 al ejército independentista y combatió con José de San Martín, fue nombrado Prefecto del Cusco, donde conoció a Francisca Zubiaga con quien se casó en 1825. Francisca tenía 22 años y Gamarra 40; pronto supo que ella no sería una esposa tradicional.

 

Poco después, Simón Bolívar llegó al Cusco. Las calles fueron adornadas para recibirlo y en la plaza principal se construyó un tabladillo donde Francisca Zubiaga puso una corona de oro sobre la cabeza del Libertador; y en la noche se organizó una cena en su honor. Varios documentos mencionan que ese episodio tuvo un significado importante en la vida de Francisca, pues a partir de entonces aprendió a manejar el florete, la pistola y a practicar equitación.

 

En 1828, Francisca Zubiaga acompañó a Gamarra en la expedición a Bolivia. Fue a caballo, armada y luciendo traje militar, y fue ella quien dirigió la toma del pueblo de Paria. También asistió a las conferencias que su esposo sostuvo con jefes bolivianos. Por esa fecha, Francisca hizo un largo viaje hasta Jujuy para recoger a Andrés, el hijo de Agustín Gamarra, a quien atendió y quiso como una madre. Posteriormente él mismo lo reconoció en la carta que dirigió a Clorinda Matto de Turner.

 

El 7 de junio de 1829, el mariscal Agustín Gamarra  depuso al Presidente Domingo de La Mar y lo desterró a Costa Rica donde murió poco después. Mientras que el general Gutiérrez de la Fuente hizo lo mismo con el vicepresidente Manuel Salazar Baquíjano. A fin de legitimar la situación, el Congreso convocó a elecciones el 31 de agosto, y en diciembre de ese año, Agustín Gamarra fue elegido Presidente Constitucional, entonces fue investido con el rango de Mariscal.

 

Proclive a los excesos, Francisca Zubiaga ejerció un dominio arrogante, llegando incluso a ordenar a la oficialidad del ejército los buenos modales, pulcritud y elegancia del uniforme. En este período se la empezó a llamar La Mariscala por su capacidad de mando y decisión, y porque para remarcar su condición y valor, solía vestirse con traje militar para ser tratada con respetada en el ejército. No fue la única, también la boliviana Juana Azurduy adoptó el traje militar, así como la quiteña, Manuela Sáenz, distinguida como coronela del ejército y condecorada por San Martín con la Orden del Sol.

 

Pero el 4 de enero de 1834, un golpe militar depuso al mariscal Agustín Gamarra. Impedida de acompañarlo, Francisca Zubiaga huyó en la noche  y se dirigió al puerto de Islay. Pero tuvo después que retornar a Lima, y precisamente aquí se produjo el encuentro con Flora Tristán, cuyo testimonio aparece en su libro Peregrinaciones de una paria.

 

Flora Tristán y Francisca Zubiaga se encontraron en los primeros días del mes de julio de 1834 en el barco William Rousthon. Flora Tristán venía de Arequipa desilusionada por no haber obtenido la herencia paterna largo tiempo esperada; y Francisca Zubiaga estaba incomunicada en ese barco que la llevaba a Chile exilada. “Prisionera, – escribe Flora - era todavía la Presidenta. La espontaneidad de su gesto manifestaba la conciencia que tenía de su superioridad. (…) Me examinaba con gran atención y yo la miraba con no menos interés. Todo en ella anunciaba a una mujer excepcional, tan extraordinaria por el poder de su voluntad como por el gran alcance de su inteligencia. Podía tener 34 o 36 años, era de talla mediana y de constitución robusta, aunque muy delgada. Su rostro, según las reglas con que se pretende medir la belleza, no era ciertamente hermoso. Pero a juzgar por el efecto que producía sobre todo el mundo sobrepasaba a la más bella. Como Napoleón, todo el imperio de su hermosura estaba en su mirada. ¡Cuánto orgullo! ¡cuánto atrevimiento! ¡cuánta penetración! ¡con qué ascendiente irresistible imponía el respeto, arrastraba las voluntades y cautivaba la admiración!”.

 

Con expresión sombría, la Mariscala le confiesa el dolor. “Las humillaciones ¡oh! las sangrientas humillaciones que he debido soportar... He rogado, adulado, mentido. He empleado todo. No he retrocedido ante nada... y, sin embargo, no ha sido suficiente... Creí haber vencido, llegado por fin al término en que debía recoger el fruto de ocho años de tormentos, de trabajos, de sacrificios, cuando por un golpe infernal, me veo arrojada, perdida, ¡perdida! No regresaré jamás al Perú”, exclamó con lágrimas en los ojos.

 

    Flora Tristán abandona el barco profundamente impresionada, y cuando regresa al día siguiente, ya Francisca Zubiaga había dejado el William Rusthon y se hallaba a bordo del Jeune Henriette que zarpaba ese día a Valparaíso. Antes de ingresar al camarote, Escudero le advierte que la Mariscala había sufrido un ataque de epilepsia. Flora Tristán se acerca despacio, después de un silencio, Francisca Zubiaga elevó los ojos al cielo y dijo: “Sí. Dejo mi país para no regresar jamás…”. La contemplé entonces, escribe, “¡Qué cambiada la encontraba desde la víspera! ¡Sus mejillas se habían adelgazado, su tez estaba lívida, sus labios exangües, sus ojos hundidos y brillantes como relámpagos! ¡Qué frías, tenía las manos!” Sin poderlo evitar, Flora Tristán llora. Entonces, la Mariscala exclama: “¿Lloras, tú? ¡Ah! ¡Bendito sea Dios! ¡Tú eres joven! hay todavía vida en ti, llora por mí que ya no tengo lágrimas... por mí que ya no soy nada... por mí que estoy muerta...”

 

Poco después, el 15 de julio de ese año de 1834, Flora Tristán partió con destino a Liverpool para retornar a Francia. Temprano se dirigió al Callao y subió a bordo del barco William Rusthon, el mismo que había traído a Francisca Zubiaga de Arequipa. “Me instalé, escribe, en el camarote que había ocupado la señora Gamarra. Al día siguiente recibí muchas visitas de Lima. Eran los últimos adioses. Como a las cinco se levo anclas. Todo el mundo se retiró. Me quedé sola, completamente sola, entre dos inmensidades: el agua y el cielo”.

 

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Archivo Arzobispal de Lima

 

Archivo Arzobispal de Lima. 1748/1905 Legajo XXXI, cuadernos 5, 6, 7 y 8. Cuaderno 5, 1831/1832 Primer cuaderno de la causa de oficio seguida contra la exclaustrada Dominga Beatriz del Corazón de Jesús, 41 folios.

 

Cuaderno 6, 1831 Cuaderno segundo. Interrogatorio acerca de la coacción que sufrió Dominga Gutiérrez para no casarse y entrar al monasterio de Santa Teresa.

 

Cuaderno 7, 1839/1840 Cuaderno cuarto de los autos que promueve Dominga Gutiérrez, monja secularizada del monasterio de las Carmelitas Descalzas de Arequipa para obtener la declaración canónica de la nulidad de sus votos religiosos, 40 folios.

 

Cuaderno 8, 1841/1842 Cuaderno quinto de los autos que promueve Dominga Gutiérrez, monja secularizada por rescripto pontificio, en el que solicita la protección del Supremo Gobierno, 35 folios.

 

Archivo Francisco Mostajo. Universidad Nacional San Agustín de Arequipa, 1833. Transcripción de correspondencia, documentos legales y apuntes correspondientes al caso de Dominga Gutiérrez, 22 folios.

 

Archivo de la Municipalidad de Arequipa – Protocolo de Células Reales.

 

Archivo de la Municipalidad de Arequipa – Actas del Cabildo Secular.

 

Archivo del Monasterio de San José de Arequipa. 1684-

 

Relación del pleyto seguido por el Yllmo. Señor Obispo de Arequipa con la Yllma. Corte Superior de la misma ciudad, con motivo de los autos expedidos por ésta a favor de Doña Dominga Gutiérrez y de su propia jurisdicción; y reflexiones que convencen la ilegalidad del fallo pronunciado por la Excma. Corte Suprema de Justicia. Arequipa: Imprenta Del Gobierno, 1832.


* Sara Beatriz Guardia. Dominga, Francisca, Flora. Soy una fugitiva, una profana, una paria.

Lima, febrero 2017, 2da edición.

 

 

 


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