MUJERES COLONIALES QUE FORJARON INDEPENDENCIA: NACIONALISMO

Y HEROÍSMO EN LA REGIÓN AMERICANA

 

 

Natividad Gutiérrez Chong

Instituto de Investigaciones Sociales.

Universidad Nacional Autónoma de México

 

Introducción

 

Ejemplos de mujeres convertidas en heroínas o en arquetipos nacionales por sus hazañas en honor a la patria o a la nación gozan de fama: la libertad del París revolucionario o la mestiza que simboliza el origen étnico de la nación mexicana, la Malinche, conocida, también por Marina.

 

En la composición pictórica de Eugene Delacroix se consagra el símbolo revolucionario de la vida moderna, el triunfo popular frente a la clase opresora que yace aplastada ante la mirada de Marianne, el ademán con el que empuña la bandera de una Francia liberada, igualitaria y fraterna que apunta al futuro mientras se advierte la sensualidad de sus senos descubiertos.

 

La Malinche de México asume un doble rol: por un lado, al ayudar y servir al invasor, el conquistador Hernán Cortés, traiciona a su gente, pero, por otro, da lugar a la unión mítica de indias y europeos que se ha convertido en el incuestionable origen del mestizaje, columna simbólica que soporta el peso de la nación mexicana. En ambas mujeres hay sensualidad y sexualidad, explícitas en la construcción simbólica de género, hay sensualidad triunfal y hay también un origen idealizado de maternidad a una sociedad que nace diversa por las razas y las etnias.

 

Pero la heroína de Ecuador, Mariana de Jesús, se aparta por mucho de la sensualidad y de la maternidad de sus arquetipos pares, ella representa una construcción triste y adolorida de una nación. Una multitud, indefensa por el hambre y la enfermedad, está en ciernes y se expresa en el dolor y el sufrimiento de una mujer. Riobamba, hoy llamada “la cuna de la nacionalidad ecuatoriana”, casi sucumbió ante un terremoto en 1645 que también sacudió a Quito. Mariana, se dice, ofreció en misa solemne su vida a Dios a cambio de la salvación de su pueblo. La peste cesó después del ofrecimiento pero Mariana enfermó de muerte.

 

Este capítulo aborda un conjunto de temas interrelacionados con el estudio de la identidad nacional y las mujeres. Partimos de que el mito mariano de Ecuador es una construcción simbólica de unidad que es instrumentada por la Iglesia y el Estado del siglo XX, aunque la construcción de la leyenda y la ambientación cultural tienen como fecha histórica la sociedad colonial de la Audiencia y la Cancillería Real de Quito (1563-1822)

 

En la fabricación de este simbolismo nacional, basado en un personaje femenino, están presentes nuevos elementos en la construcción de la identidad nacional. Me interesa explorar el uso del sufrimiento como medio para evocar y cohesionar sentimientos colectivos en un contexto de desastres naturales.

 

El análisis de la identidad nacional ha incursionado en la importancia que tienen los sepulcros y los monumentos a los ancestros y a los caídos en las guerras. También ocupan un lugar importante en la memoria y el recuerdo colectivo la conmemoración de episodios violentos, como las víctimas de genocidio o de exterminio. Sin embargo, la relación entre sufrimiento colectivo y violencia provocada por la naturaleza, en especial, la forma impredecible y destructiva en la que ocurren los terremotos, como factor de cohesión social, no ha recibido atención suficiente. Este trabajo explora la construcción de la identidad nacional y del heroísmo a través de los sacrificios individuales que han contribuido a la formación de naciones que han sido azotadas por los terremotos destructivos, el hambre, las epidemias y la desolación.

 

Ahora bien, la investigación sobre el nacionalismo y sus múltiples ángulos y facetas, entre ellos, el de la identidad nacional, requiere una ubicación temporal y conceptual, toda vez que sus usos y definiciones no son intercambiables. La nación y su ideología han sido fenómenos multidimensionales que han recibido amplia teorización, pero han quedado de lado esfuerzos por incluir análisis que den cuenta de los roles femeninos en estos amplios y profundos procesos nacionales. Esta carencia nos lleva a construir modelos explicativos que den cuenta de la especificidad de los roles femeninos, en el extenso ámbito de la investigación del nacionalismo. El capítulo, entonces, se divide en tres partes. En la primera se desarrolla una propuesta metodológica para el estudio de las mujeres y la nación; en la segunda se aborda el contexto de la leyenda y el uso del sufrimiento; en la tercera se explica el mito y su función social, en tanto “tradición inventada”.

 

La metodología de los roles de género y los tipos de nacionalismo1

 

¿Cómo explicar el caso de la feminidad arquetípica de Mariana de Jesús y su profundo simbolismo que forma parte de la identidad nacional de Ecuador? Es un lugar común reiterar que el analista recurre al concepto nacionalismo para explicar procesos sociopolíticos, étnicos y culturales muy diferentes entre sí. Así, el nacionalismo, puede ser desde una doctrina inventada en Europa en el siglo XIX, hasta un estado de la mente, un ideal de independencia o una expresión cultural. En consecuencia, tampoco hay una sola definición lo suficientemente elástica para la multiplicidad de los hechos históricos que se integran en la modernidad del nacionalismo. Por lo tanto, para explicar el caso que aquí nos ocupa, recurro a un modelo que diseñé para entender la intersección de los roles de género y los tipos de nacionalismos, y en este capítulo me propongo nuevamente demostrar su pertinencia. Este modelo parte del principio de que no hay un solo nacionalismo, más bien hay tipos de nacionalismos en la perspectiva histórica y específica de América Latina.

 

Estos tipos de nacionalismos los identifico en un arco histórico que parte desde finales del siglo XVIII hasta el presente:

 

1.   El primer tipo de nacionalismo es el surgimiento del Estado soberano, las luchas de independencia y de liberación colonial. La creación del Estado soberano y la autodeterminación, el surgimiento y la consolidación del Estado como resultado de las guerras de independencia, la elección de gobiernos popularmente electos y sus instituciones constitucionales, en los siglos XVIII y XIX.

2.   El segundo tipo de nacionalismo es el proceso de construcción de la nación por el Estado. El forjamiento de la patria, y del nation building, por medio de un nacionalismo oficial y sus instituciones (educación estandarizada, indigenismo, mestizaje), en los siglos XIX y XX.

3.   El tercer tipo de nacionalismo es la construcción de la nación multicultural o plurinacional. La capacidad de negociación y liderazgo de nuevos movimientos étnicos o proyectos que cuestionan el nacionalismo oficial y que demandan pluralidad y reconocimiento a la diversidad en la agenda democrática, fin del siglo XX hasta el presente.

 

Me voy a detener en el primer tipo de nacionalismo para desarrollar el contexto y surgimiento de las mujeres insurgentes, las mujeres coloniales que contribuyeron a forjar el Estado. Muy brevemente señalemos el entorno nacionalista de principios del siglo XVIII. Hacia 1809 se registra en Quito el primer levantamiento por la independencia; un año más tarde, los barrios urbanos de Buenos Aires, Caracas, y Santiago realizan movilizaciones; México también inicia levantamientos campesinos en las provincias centrales.

 

Las guerras de independencia continuaron por un periodo de veinte años, millones de civiles muertos y una cruel represión para los líderes rebeldes y sus seguidores. Ha sido ampliamente documentado que una razón de peso para explicar el derecho a la autodeterminación fue el creciente interés criollo por asumir el control gubernamental y fundar, no sin profundos altibajos, repúblicas que, a su vez, serían los entornos de gobiernos constitucionales y de una incipiente ciudadanía.

 

Hay intrincadas explicaciones que nos remiten al género en las construcciones nacionalistas. El proyecto criollo por la independencia y la soberanía influía decisivamente en la búsqueda de diferencias que marcaran la separación entre criollo y español, ambos, después de todo, tenían el mismo origen racial, comunidad de idioma y estaban profundamente ligados al catolicismo, a su iglesia y a su estructura jerárquica. El lugar de nacimiento del criollo americano y del peninsular se convirtió en un poderoso marcador, útil para establecer la diferencia que ya convenía al criollo, en tanto que el nuevo continente podía otorgarle legitimidad, originalidad y razón para ideales de continuidad o destino, es decir, forjar patria soberana.

 

Es muy interesante recuperar aquello que Stern identifica como un poderoso patriarcalismo en tanto herencia hispana al nuevo mundo. Es difícil ignorar la influencia de esa estructura y conciencia de poder y virilidad que relegaba a mujeres y a hombres pobres a la inferioridad. Reproduzco de trabajos míos anteriores argumentos de cómo el género, la raza y la etnia fueron móviles efectivos de origen colonial para trazar sutiles pero perdurables diferencias hasta el siglo XXI.

 

Uno de tales argumentos es que las mujeres nacidas en España durante los siglos de la Colonia, llegaron a ser sinónimos de estatus social alto, así el prejuicio de nacimiento pudo establecer una barrera entre el criollo y el peninsular, y fue la gran frontera para el surgimiento de otras castas, todas ellas determinadas por la posición de la mujer. Stern, en el trabajo ya citado, se ha referido a un “código de feminidad en el complejo honor/vergüenza” (p. 33) para ser cultivado por las mujeres de rangos altos.

 

En la sociedad de la Nueva España, la mujer era la transmisora de la condición social, por ejemplo, el vástago de padre español y de mujer india se epitomizó en el mestizo, pero ninguna historia o “pintura de castas” registra a la madre hispana con padre indígena. El honor y el estatus estaban dados por la mujer hispana, que difícilmente contraería matrimonio con algun varón de menor posición socioeconómica.

 

No es de sorprender, entonces, que el desdén de las mujeres hispanas por los hombres del nuevo mundo acuñara el famoso malinchismo. La escuela “naturalista” francesa del siglo XVIII, con George Leclerc y de Cornelius de Pauw a la cabeza, contribuyeron a darle peso a la supuesta inevitabilidad del determinismo geográfico que despreciaba la supuesta subdesarrollada geografía, fauna y clima del nuevo mundo.

 

Al respecto nada más ejemplar que hacer alusión al comentario del arzobispo don Juan de Mañozca en el siglo XVII que ilustra la combinación construida de determinismo y sexismo en el mundo prenacionalista: “Aunque los criollos no tengan sangre india, han sido alimentados con la leche de mujeres indias y son, por lo tanto, como los indios, criaturas de temer”. Es por ello que la línea matrilineal sobre la que se asienta la nación mexicana tiene su origen en las castas, de donde surgen poderosos mitos de unificación nacional, la malinche y el mestizo e hirientes estereotipos, “la negra para limpiar, la mulata para la cama y la blanca para casar” que hoy todavía pueblan las interrelaciones entre sexos. Desde luego, es notable la ausencia de la mujer india y ello es indicativo de que no se aconsejaba como una opción viable de matrimonio o contacto exógeno.

 

¿Había mujeres participando en las gestas libertarias que buscaban la abolición del colonialismo y, por ende, del ideal independentista? ¿Únicamente podemos identificar a mujeres prenacionalistas en espacios domésticos y delimitadas por una estructura sexista y patriarcal?

 

En una sección de un trabajo anterior “Mujeres que luchan o hacen patria”, me referí a las “heroínas de la independencia”. Su estudio me condujo a formular la siguiente pregunta: ¿el nacionalismo en México y América Latina se introdujo como “doctrina europea” o adquirió forma como “protonacionalismo”, es decir, sentimientos de pertenencia colectiva incluso a nivel macropolítico sin circunscribirse al Estado-nación moderno o de sentimiento racializado y sexualizado de exclusión? No queda la menor duda que hubo una generación de mujeres nacidas en las últimas décadas del siglo XVIII y principios del XIX que actuaron con conocimiento de causa por ideales independentistas, ahí está el Calendario de 1825, escrito por José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827), para honrar el patriotismo y el sacrificio de las heroínas “el acto de amar a la patria ha llenado al sexo débil con coraje y las mujeres frágiles han logrado extraordinarios resultados”. Si el nacionalismo solo se conociera por la difusión de la doctrina la cuestión es de dónde obtuvieron o aprendieron estas mujeres ideales de independencia.

 

Tres siglos de vida colonial restringieron a las mujeres al hogar, al convento o a la iglesia. Los hombres de elite recibían instrucción eclesiástica o asistían a colegios y universidades. La lectura y escritura, en español y latín, posibilitaba acceso a las ideas y a la discusión y ésta estaba determinada por el género y la estratificación etno-racial. Una aproximación de los altos índices del analfabetismo entre mujeres en la sociedad mexicana del siglo XIX ha sido trazada por Arrom (1985). Así, pese a la gran popularidad de la “comunidad imaginaria”, ésta incluía sólo a hombres, y si las mujeres coloniales se enteraron del nacionalismo, no fue precisamente leyendo prensa ni novela escrita, como sugiere Benedict Anderson.

 

A continuación me interesa hacer referencia a la tipología desarrollada por Yuval-Davis y Anthias en 1989, y que, a veinticinco años de su aparición, no ha perdido vigencia ni relevancia ya que muestra cinco intersecciones de roles de mujeres, los cuales son susceptibles de combinarse de acuerdo con cada uno de los tres tipos de nacionalismo, en concordancia con mi explicación anterior. Por ejemplo, el personaje de Malinche asume varios roles en la formación de los nacionalismos mexicanos: reproductora biológica, reproductora de fronteras de identidad, símbolo de unidad. Su surgimiento es míticamente contextualizado en el tiempo de la conquista, pero su socialización en gran escala ocurre en el segundo tipo de nacionalismo, es decir, durante el proceso de construcción de la nación por el Estado, mediante la expansión de la educación estandarizada y la delimitación de una identidad nacional basada en el mestizaje, como símbolo de unidad nacional para imponer la igualdad ciudadana, sin importar todavía el reconocimiento a la diversidad étnica, característico del siglo que corre.2

 

De acuerdo con la tipología arriba mencionada, las mujeres con relación al Estado-nación pueden ser vistas como:

 

·        Reproductoras biológicas de los miembros de las colectividades nacionales.

·        Reproductoras de los límites de los grupos nacionales (mediante restricciones sobre las relaciones sexuales y maritales).

·        Transmisoras activas y productoras de la cultura nacional.

·        Símbolos significantes de diferencias nacionales.

·        Activas participantes en luchas nacionales.3

 

El rol de Mariana de Jesús es el de un símbolo para delimitar la identidad nacional, un símbolo significante para establecer diferencias nacionales, mostrar sus marcas de autenticidad cultural y, al mismo tiempo, propiciar unidad. El paisaje andino imprime originalidad en la identidad, pero en este paisaje natural ocurre violencia telúrica que desata gran sufrimiento colectivo, de ahí la importancia de construir un icono de protección y unidad. La unidad en el Estado-nación tiene el propósito de inspirar hacia la movilización colectiva en torno a objetivos comunes.

 

La consolidación del mito mariano de Ecuador, aunque fabricado en la sociedad colonial, se socializa durante la etapa del nation-building (segundo tipo de nacionalismo), de ahí la pertinencia de ubicar la interrelación de al menos dos de los tres diferentes momentos que caracterizan al nacionalismo (surgimiento del Estado, nation-building o reconocimiento de la diversidad).

 

Mariana de Jesús: un icono femenino en la identidad nacional

 

Que los arquetipos nacionales4 buscan demostrar originalidad es de sobra conocido. El caso de Mariana de Jesús aporta evidencia para destacar su originalidad, destacada en la invención y recreación de este importante símbolo nacional del Ecuador. No es una heroína pre-nacionalista ni una líder revolucionaria, tampoco es una madre protectora, o un símbolo revisitado de la diversidad y la globalización (Malinche, según las escritoras mexicanas en la frontera estadounidense).

 

Mariana no forja a la nación, porque no es protagonista de luchas campales para expulsar al extranjero (i.e. Juana de Arco), tampoco es una lideresa, una activista o pensadora por las ideas de libertad, de soberanía, de opresión y de humillación de una nación por otra. Es una figura femenina protectora, pero no en el rol de maternidad y procreación (“Qué no estoy aquí que soy tu madre”, Virgen de Guadalupe). En suma, Mariana de Jesús se aparta de los modelos femeninos por la búsqueda de libertad, de defensa y de protección que han sido comunes a los procesos emancipatorios de las colonias de América Latina.

 

¿Dónde ubicamos, entonces, en nuestro modelo a Mariana? Su rol de mujer, transformado en símbolo nacionalista, es más contundente y, por ende, único, ejemplar, irrepetible. Solamente se entiende en la profundidad de la naturaleza cuya furia indomable no puede ser prevenida ni controlada por el ser humano. La naturaleza suscita terror o veneración colectiva, es terrorífica o majestuosa, por ello provoca distintos sentimientos de identidad. Sobre el tremendo impacto que la naturaleza suele inspirar en temas de identidad nacional está el de conceder una historicidad a los sitios naturales, así, volcanes, cordilleras, montañas, están imbuidos de “divinidad”, se consagran en sitios sagrados o, como dice Anthony D. Smith, se “naturalizan los sitios históricos”.

 

Los Alpes y sus paisajes nevados por ejemplo, otorgan sublimidad a la identidad recreada y cultivada en Suiza porque se ha vuelto parte del hábitat como referencia al “hogar”. Pero en el caso ecuatoriano, aunque los volcanes forman parte del hábitat, infunden también respeto y terror. Así, vemos que en la búsqueda de una áurea de protección colectiva frente a una naturaleza indomable se entiende el sacrificio de Mariana.5 El Estado-nación es una promesa de restauración, para calmar y sanar los tiempos del caos y del desastre, para restaurar el orden, para instrumentar un orden moral y para dar a sus nacionales un sentido de destino. La nación es un espacio simbólico y territorial que protege y da sanación, con ello construye las bases de su legitimación política y soberana. El rol de Mariana es dotar a la nación ecuatoriana de un símbolo de restauración ante el sufrimiento humano, sin distinciones, raciales, sociales y étnicas, y tiene como contexto una naturaleza impredecible e incontrolable.

 

La peculiaridad de esta mujer es su sacrificio personal para atemperar las fuerzas de la naturaleza. Ella no interviene en ningún tipo de negociación donde halle lugar el raciocinio humano, no se buscan resultados culturales ni políticos. Por eso, hay que observarla como un símbolo de protección ante la violencia creada por la naturaleza y no por la violencia que produce la humanidad “…que la guerra es un juego de hombres, que la máquina de matar tiene sexo, y es masculino”.

 

Mariana de Quito

 

Sobre la vida de Mariana, hay una mezcla de leyenda, hecho y ficción. Su obsesiva pasión por la divinidad fue intelectualmente reelaborada por los jesuitas para fabricar un modelo de feminidad basado en la madre de Jesús, María de Nazaret, y que pudiese ser ampliamente representado en el contexto de la oligarquía militar y el catolicismo de Ecuador. Esta importante construcción del modelo femenino de heroicidad dota a Mariana de otro factor indispensable para la inspiración colectiva, el exempla virtutis.

 

De su profunda espiritualidad y asimilación de los preceptos jesuitas, de su amor divino a Jesús, se derivan dos aspectos interrelacionados con la construcción cultural del sufrimiento y la identificación de la violencia de la naturaleza con la identidad nacional. Veamos, por un lado, su tormento autoinfligido, su intenso sufrimiento físico y su autosacrificio. Por otro, la ocurrencia de desastres naturales, particularmente terremotos y erupciones volcánicas como producto de la topografía andina, que por su intensidad y frecuencia se atribuían a la furia de Dios. Con el horroroso dolor que se autoinfligía, ¿cómo se desprende el heroísmo quiteño?

 

La obsesión de Mariana por la divinidad es la ruta que la conduce a practicar y a experimentar el dolor físico y el tormento. Desde una edad temprana aprende a autocastigarse y a renunciar a todo placer, a vivir con espantosa frugalidad y ayuno;

para ella no era suficiente derramar lágrimas, sino sangre, por lo que se infligía terribles martirios corporales. Los Testimonios jurados de los procesos narran con detalle sus escalofriantes tormentos y la forma en que buscaba e inventaba formas de martirizarse. Había logrado averiguar el dolor que causan los golpes propinados por piedras y el tormento de tener sed, mientras se tiene enfrente un vaso de agua, bajo el cielo lluvioso de Quito y sus picos nevados.

 

Con su sacrificio, Mariana redime, salva, busca el perdón para aliviar el sufrimiento de sus semejantes castigados por el espectáculo aterrador de ruinas y destrozos causados por incontrolables e inexplicables sacudidas telúricas. La erupción volcánica, además de causar incontables muertes, pérdidas y desolación, se erigía en una amenaza aterradora. En la Edad Media, explica Sznaider, no había escapatoria al dolor, la gente vivía y aceptaba el dolor como castigo a sus pecados y se consideraba una virtud y una bendición. Otra forma de entender el sufrimiento se puede encontrar en las reflexiones del alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) en su “On the suffering of the world”, Essays and Aphorisms. El dolor y el sufrimiento se expanden entre la humanidad por la ausencia de gratificantes placenteros, como la falta de salud, de alimentación, incluso de gratificación sexual, todo lo que es desagradable impresiona directa e inmediatamente y con gran claridad.

 

Este imaginario de sufrimiento colectivo enmarca las visiones del naturalismo francés del siglo XVIII6 con respecto a la supuesta “pubertad” del continente americano.7 Este sufrimiento colectivo era provocado por una naturaleza implacable de una tierra en proceso de formación, tal cual “niña”, débil e inmadura; de ahí la degeneración y rareza de las especies vivas, la humedad y los pantanos. Así, no es casual que el “embrionario patriotismo americano” se exprese no sólo en la defensa sino también en la apología de las excelencias naturales de América.

 

En el proceso que las colonias americanas tuvieron que emprender para buscar la delimitación de su originalidad con respecto a España, las elites criollas encontraron al menos dos fuentes de vasta originalidad cultural. Por un lado, el interés por la antigüedad del pasado prehispánico (México)8 y, por otro, el caso que nos ocupa, la apología de las tierras, los volcanes, minerales y efectos saludables del clima. Con este proyecto intelectual, de inspiración jesuita, se forma un nacionalismo incipiente que buscaba superar los prejuicios de inferioridad física atribuidos al continente por las tesis deterministas del naturalismo francés dando lugar a la defensa de la geografía, la flora, la fauna, la topografía del nuevo mundo.

 

La sangre vertida por el sacrificio de Mariana es para calmar el sufrimiento colectivo, y tal sufrimiento y desesperación están enmarcados con la temible naturaleza de los volcanes pero también con su imponente belleza. Terror y belleza se entremezclan en la naturaleza de Ecuador. Los constructores de este poderoso mito y símbolo nacionalista han visto en su sacrificio individual la liberación y salvación del sufrimiento de una nación. Sin la asociación de Mariana con la naturaleza no se comprende el valor simbólico de la identidad nacional

 

La construcción nacional de la heroína

 

Mariana de Jesús es una construcción mítica y simbólica de la iglesia, que se extiende al culto que de ella, como heroína, ha hecho el Estado ecuatoriano y sus regímenes militares a partir de 1948, año de su homenaje oficial.

 

La elevación de Mariana a la condición de heroína a la que se le rinde culto nacional, se explica en función de la construcción de una “tradición inventada” en el contexto de una nueva religión cívica para unificar un proyecto nacional instrumentado por el militarismo ecuatoriano. Una “tradición inventada” se refiere a la construcción de símbolos, ceremonias o celebraciones que buscan lealtad al Estado y promueven la participación de las masas en la vida pública. Sólo con la celebración y conmemoración del nacimiento o la muerte de un personaje de forma repetida, es decir, año con año, es posible dotar a las masas –de distinta pertenencia, étnica y social–, de un sentimiento de unidad. Así, en el tercer centenario de su muerte, es declarada heroína y la Asamblea Nacional Constituyente acuerda que se conmemore a Mariana en el mes de mayo.

 

Durante las celebraciones del tercer centenario de su muerte, marcha en hombros del ejército y guardia civil y se le rinden honores militares, se reciben sus reliquias con alabanzas y fervor por pueblos y aldeas del Carchi, Imbabura, Cotopaxi y Tungurahua. El patriotismo cívico atribuido a Mariana en el marco de la “tradición inventada” del Estado castrense es la súplica a Dios para que acepte su vida en sacrificio para salvar a Quito de los violentos terremotos, del hambre y la peste. La misión renovada de esta heroína, ahora cívica, es la de simbolizar el sacrificio, el socorro, el dolor, es decir, aquellos arquetipos del modelo de la feminidad en Dios eternizados en la mariología y la teología de la salvación.9

 

Conclusión

 

De las largas luchas de independencia, alentadas por un potente deseo y proyecto de autodeterminación, las nuevas repúblicas enfrentan un sinnúmero de dificultades y obstáculos hacia la construcción y delimitación de colectividades independientes y soberanas con identidad propia sobre orígenes comunes y anhelos compartidos de destino. Las dificultades de convertir súbditos coloniales en ciudadanos nacionales tejieron las historias de las naciones modernas.

 

En este trabajo abordamos el caso de un personaje femenino que agrega innovación en el estudio de la construcción de la identidad nacional. Nuestro enfoque se compone de una propuesta metodológica que combina los cinco roles de mujeres, según la tipología de Anthias y Yuval-Davis, con tres distintos tipos de nacionalismos explicados en páginas anteriores. Mariana de Jesús, la heroína quiteña, surge en un contexto pre-nacionalista, y es transformada en “tradición inventada” en el segundo tipo de nacionalismo, en el momento en que iglesia y oligarquía contribuyen a la socialización masiva del mito. Encontramos que este caso de fabricación de identidad colectiva incluye aspectos innovadores tales como el uso del sufrimiento colectivo con el fin de propiciar cohesión social y lazos de solidaridad para contrarrestar la diversidad étnica y fragmentación social de Ecuador. El sufrimiento deviene por la agresión de la naturaleza, la impredictibilidad y el daño causado por desastres naturales.

 

La construcción de la heroína quiteña ofrece una original y fascinante ruta para aportar al estudio de la identidad nacional. Esto es, ¿qué tanto importa la presencia avasalladora de la naturaleza y sus embates? La destrucción causada por desastres naturales funge como factor de cohesión social para una sociedad diversa y dividida que enfrenta una constante amenaza. Además, nadie todavía hoy puede prevenir o evitar los terremotos y este contexto de incertidumbre y ambigüedad es propicio para fomentar la unidad. Mientras ocurran terremotos hay lugar para una nación en sufrimiento. Recordemos que este sufrimiento no es obra de guerras o conflictos, no interviene la voluntad, la mediación, ni el raciocinio del hombre, pero de la violencia telúrica también se construye la belleza arquetípica que corona el paisaje místico de Quito.

 

La sanación al dolor, sólo puede aliviarse con más dolor y sacrificio. La heroína imita a Cristo, sacrificando y torturando su cuerpo para el alivio colectivo. En su lecho de muerte, en 1645, se dice que las últimas palabras que Mariana pronunció fueron “La amenaza que se cierne sobre Quito no es la de los cataclismos naturales sino la del mal gobierno”. En el imaginario colectivo de la identidad ecuatoriana está presente la imponente fuerza interna que emana de la profundidad de la tierra que nadie puede prevenir o controlar. Es la sacudida impredecible, el eje de la preocupación colectiva ecuatoriana la que puede determinar su idea de destino: la vox populi de un graffiti en el corazón urbano de Quito hace que la heroína resurja: “El Ecuador no se va acabar por los terremotos sino por los malos gobiernos - Ya lo decía Marianita”.

 

Ahora bien, si tenemos en cuenta que “Todos los nacionalismos y los proyectos nacionales tienen género” (McClintock, 1993 y Walby, 2000), se abre una extensa ventana de posibilidades de análisis y reflexión. Podemos, en principio, trazar un ámbito que celebra, glorifica y exalta al cuerpo femenino en una mitología, simbología e iconografía de identidad nacional, tal como ha sido el caso de Mariana de Quito. Por otro lado, es sumarnos a la tarea de reconocer que hay más amplitud y complejidad de las tensiones, paradojas y contradicciones del nacionalismo y la nación, al vincularlas a los enfoques de género y al estudio sociológico e histórico de las mujeres. Hay, entonces, una intensa idealización nacionalista, que contrasta con un terreno de análisis más accidentado y que se caracteriza por la interrelación e intersección de las mujeres con el Estado-nación.

 

Sobre el primer momento de nacionalismo, las guerras de emancipación y liberación nacional, cada vez hay más evidencia que hubo mujeres envueltas en un proceso de ruptura con el orden colonial, por convicción, por injusticia, por ser sensibles a la discriminación social en tanto mujeres nacidas en el nuevo continente. Tal vez no hubo mujeres que perfilaron sus ideales independentistas o defensivos con base en una discusión y acceso sistemático a las ideas (Ilustración o la independencia de Norteamérica).

 

Pero llama la atención que la capacidad de reacción ante la desventaja o exclusión, ante la defensa de lo propio, supera el campo de la instrucción escolar. Las mujeres de esa época no aprendieron a ser patriotas ni nacionalistas, su conciencia fue forjada por innumerables circunstancias de inestabilidad o de invasión externa. Las ideas nacionalistas prendieron en sociedades coloniales donde la gran mayoría de las mujeres eran analfabetas, sin embargo, el ideal era intenso: la búsqueda de la libertad y la independencia, el surgimiento del Estado y con ello, la entrada a la vida moderna.

 

Bibliografía

 

ANTHIAS, Floya - YUVAL-DAVIS, Nira. Woman-Nation-State. Londres: Macmillan, 1989.

 

BARONA, Beatriz. “Mariana de Jesús y el Ecuador”. Revista de la Asociación Escuela de Derecho. Universidad Católica del Ecuador, año II (5), julio de 1950, pp. 4-20.

 

BRADING, David. Los orígenes del nacionalismo mexicano. México: Sep Setentas, 1973.

 

BUFÓN (George Louis Leclerc). Oevres complètes. Paris: Richard Delange, 1826.

 

CHACÓN, Jorge, S.J. 1945. “Una excelsa patriota”. El Obrero Ilustrado. La revista del pueblo, Época II (12), junio de 1945, Quito.

 

ESPINOZA POLIT, Aurelio, S.I., Santa Mariana de Jesús. Hija de la Compañía de Jesús. Quito: La Prensa Católica, 1957.

 

FLORESCANO, Enrique. Memoria mexicana. México: Joaquín Mortiz, 1987.

 

GASCÓN, Margarita y AHUMADA, Natalia. Vientos, terremotos, tsunamis y otras catástrofes naturales. Buenos Aires: Biblos, 2005.

 

GERBI, Antonello. Viejas polémicas sobre el nuevo mundo. En el umbral de una conciencia americana. Lima: Banco de Crédito del Perú, 1939, 3a. ed.

 

GOETACHEL, Ana María. Mujeres e imaginarios. Quito en los inicios de la modernidad. Quito: Abaya–Yala, 1999.

 

GRAJALES, Gloria. Nacionalismo incipiente en los historiadores coloniales. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1961.

 

GUTIÉRREZ CHONG, Natividad. “Memoria indígena en el nacionalismo precursor de México y Perú”. Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe, vol. 1 (2), julio–diciembre 1990, pp. 99-113.

 

_____“Arquetipos y estereotipos en la construcción de la identidad nacional de México”. Revista Mexicana de Sociología, año LX, núm. 1, enero–marzo 1998, pp. 81–90.

 

______Mitos nacionalistas e identidades étnicas. Los intelectuales indígenas y el Estado mexicano. México: Plaza y Valdés, Instituto de Investigaciones Sociales UNAM, FONCA, 2001.

 

______(coord.). Mujeres y nacionalismos en América Latina. De la independencia a la nación del nuevo milenio. México: Instituto de Investigaciones Sociales UNAM, 2004.

 

______“Patriotic Thoughts or Intuition: Roles of Women in Mexican Nationalism”. Nations and Nationalism. Special Issue. Vol. 12. Part 2, April 2006, pp. 339–358.

 

______“Ethnic Origins and Indigenous Peoples. An Approach from Latin America”, Ethnosymbolism: Critical Approaches to Ethnicity and Nationalism, Athena LEOUSSI y Stephen GROSSBY (eds.). Edimburgo: Universidad de Edimburgo, 2006.

_______“Symbolic violence and sexualities in the myth making of Mexican national identity”. Ethnic and Racial Studies, vol. 31, Issue 3, March 2008, pp. 524–542.

 

_______“Identidad nacional y sufrimiento colectivo. Arquetipos femeninos en la construcción del heroísmo”. Iconos. Revista de ciencias sociales, vol. 14 (37), mayo, 2010, pp. 149-159.

 

HOBSBWAM, Eric y RANGER, Terence (coords.). The Invention of Tradition. Cambridge: University Press, 1983.

 

JUNG, Gustav Carl. Los arquetipos y lo inconsciente colectivo, Obra completa. vol. 9/1.  Madrid: Trotta, 2002.

 

KENNEDY TROYA. Alexandra (s/f), “Criollización y secularización de la imagen quiteña”.

 

_______“La fiesta barroca en Quito” (1), Anales del Museo de América (4), 1996, 137–152.

 

LAFAYE, Jacques. Quetzalcoátl y Guadalupe: la formación de la conciencia nacional en México. México: Fondo de Cultura Económica, 1985, 2a. ed.

 

LARREA, Carlos Manuel. Las biografías de Santa Mariana de Jesús. Quito: La Unión, 1970.

 

LEOUSSI, Athena y SMITH, Anthony D. Encyclopaedia of Nationalism. New Bruswick y Londres: Transaction Publishers, 2002.

 

MANCERO VILLAGÓMEZ, Luis, “Mariana de Jesús: heroína nacional”. La bandera de Cristo Rey. Guayaquil: año XXII, mayo 1949.

 

MCCLINTOCK, Anne. “Family Feuds: Gender, Nationalism and the Family”. Feminist Review, núm 22, Verano, 1993, pp. 61-80.

 

NAVARRO Y ENRÍQUEZ, José Gabriel.  “La iglesia de la Compañía de Jesús en Quito”. 1929.

http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/12030527617823728876213/p0000010.htm.

 

PAPASOGLI, Jorge. Vida de Santa Mariana de Jesús. Quito: Ed. Fray Jodoco Ricke, 1950.

 

PAW, Cornélius de. Recherches philosophiques sur les Américains. Berlín: 1768.

 

ROMERO Y CORDERO, Remigio. Vida, pasión y muerte de la beata Mariana de Jesús Paredes y Flores, Azucena de Quito. Quito: Ed. Espejo, 1945.

 

SEGUR, Raquel. “Santa Mariana de Quito o la santidad inducida”. Barrocos y modernos. Nuevos caminos en la investigación del barroco iberoamericano, Petra SCHUMM (ed.), Berliner Lateinamerika-Forschungen, Madrid y Frankfurt am Main, 1981, pp. 206–220.

 

SCHOPENHAUER, Arthur. “On the suffering of the world”. Essays and Aphorisms. Londres: Penguin, (rp1973)

 

SMITH, Anthony D. “Conmemorando a los muertos, inspirando a los vivos. Mapas, recuerdos y moralejas en la recreación de las identidades nacionales”. Revista Mexicana de Sociología, vol. 60 (1), enero–marzo, 1998, págs. 61–80.

 

______National Identity. Harmonsdsworth: Penguin, 1991.

 

SONTAG, Susan. Ante el dolor de los demás. México: Alfaguara, 2003.

 

STERN, Steve, J. La historia secreta del género, mujeres, hombres y poder en México en las postrimerías del poder colonial.  México: Fondo de Cultura Económica, 1999.

 

SZNAIDER, Natan. “Pain and Cruelty in Socio-Historical Perspective”. International Journal of Politics, Culture and Society, vol. 10 (2), 1996, pp. 331-353.

 

VALENTINE, Daniel. E. “Suffering Nation and Alienation”. Social Suffering, Kleinman, Das y Lock (eds.). Berkeley: University of California Press, 1997.

 

VILLASIS TERÁN, Enrique M. Santa Mariana de Jesús Azucena de Quito. Una gran figura hispanoamericana del siglo de oro. Quito: Ed. Don Bosco, 4a. ed., 1975, (1a. ed., 1945).

 

WALBY, Sylvia. “Gender, nations and states in a global era”. Nations and Nationalism. Journal of the Association for the Study of Ethnicity and Nationalism. vol. 6 (4), 2000, pp. 523-540.

 

YÁÑEZ COSSÍO, Alicia. Aprendiendo a morir. Quito: Seix Barral, 2003.4a. ed.

 

YUVAL-DAVIS, Nira. “Género y nación”. Mujeres y nacionalismos en América Latina. De la independencia a la nación del nuevo milenio, Natividad Gutiérrez Chong (coord.). Mexico: Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM.

 

ZIMMER, Oliver. 2001, “Forging the Authentic Nation: Alpine Landscape and Swiss National Identity”. Modern Roots: Studies of National Identity, Alain Dieckhoff y Natividad Gutiérrez (eds.). Aldershot: Ashgate, pp. 95–117.

 

Documentos

 

Documentos para la historia de la Beata Mariana de Jesús, Azucena de Quito. Imprenta del Clero, Quito, 1902.

 

Santa Mariana de Jesús (según los Testimonios jurados de los procesos). Imprenta Católica, Quito, 1954.

 

Homenaje Oficial a la Azucena de Quito. Luis Mancero Villagomez, S.I.V., Postulador de la Canonización, Quito, 10 de julio de 1948, panfleto. 


 

[1] Esta sección se deriva del modelo de análisis que integra los roles de género y los tipos de nacionalismo que desarrollé para la investigación “Mujeres y nacionalismos: estudios de matria, territorio y región”, PAPIIT-UNAM). El desarrollo completo del modelo, así como una discusión de las principales escuelas de las teorías del nacionalismo y su relación con los estudios de mujeres, está publicado en dos trabajos diferentes. Véase, Gutiérrez Chong N. (coord.), Mujeres y nacionalismos en América Latina. De la independencia a la nación del nuevo milenio (2004) y Gutiérrez N., “Patriotic Thoughts or Intuition: Roles of Women in Mexican Nationalism”, en Nations and Nationalism (2006).

 

[2] Para complementar esta aclaración, mencionaré que el rol de mujeres como activas participantes en luchas de liberación nacional es el de heroína, ayuda a ilustrar el caso la mexicana insurgente Josefa Ortiz de Domínguez.

 

[3] De forma pionera Floya Anthias y Nira Yuval-Davis desarrollaron esta tipología en el libro Woman-Nation-State (1989). Aquí se utiliza una traducción que se hizo para el libro Gutiérrez N. (2004), Mujeres y nacionalismos en América Latina, p. 25. En ese mismo volumen, véase Yuval-Davis, “Género y nación”.

 

[4] En nuestro enfoque no está incluida la concepción psicoanalítica de Carl G. Jung sobre los arquetipos y el inconsciente colectivo como tipos arcaicos o primigenios, o imágenes generales existentes desde tiempos inmemoriales. Reconocemos que en el estudio de la identidad, el uso de arquetipos es de gran ayuda ya que los arquetipos condensan en alguien o en algo las características importantes que se consideran epítomes de los modelos de perfección, logro y belleza y, por lo tanto, merecen admiración, incluso ser emulados. Por ejemplo: héroes sufrientes, mártires, protectores y defensores de la independencia y los derechos civiles, padres y fundadores, virtudes, valores, hazañas, paisajes, montañas, arquitectura, entre muchos otros.

 

[5] Una serie de terremotos destructivos se registra en la zona andina a partir de 1640. En 1645 los sismos de Riobamba y Quito. Quito sufre sismos de regular intensidad en 1662, 1678 y 1755. En 1797 Riobamba fue destruida. El volcán Pichincha hace erupción en 1660, Cotopaxi en 1742 a 1744, en 1768 hubo una gran erupción.

 

[6] Los naturalistas franceses son Bufón (George Louis Leclerc) Oeuvres complètes (1826) y Cornélius de Paw, Recherches philosophiques sur les Américains (1768).

 

[7] Antonello Gerbi se refiere al continente americano como la “niña púber” (1939), p. 48.

 

[8] Sobre la glorificación del pasado prehispánico como tema relevante en la gestación del nacionalismo mexicano, hay, por supuesto, una amplia obra. Algunos ejemplos, en orden cronológico, son: Grajales (1961); Brading (1973); Lafaye (1985); Florescano (1987) y Gutiérrez (1990, 1997 y 2006).

 

[9] No está fuera de lugar agregar que tales arquetipos forman parte de la sustentación ideológica del sistema patriarcal que contribuye en buena medida a preservar múltiples formas de exclusión y dominación a las mujeres en las sociedades latinoamericanas.

 


 

© CEMHAL. Prohibida su reproducción total o parcial sin previa autorización